Mary lo espera, como todos los mediodías con la comida lista; él sin ofrecer besos ni caricias, espera a ser servido. Mary cumple el mismo ritual desde hace casi quince años, apretando los dientes, cerrando las piernas y revolviendo el guiso. De espaldas lo escucha tomar posesión de su trono, alcanzar el control y prender el televisor; huele su transpiración oxidada, su aliento añejado, su mugrienta humedad. Guido, en la reciclada sillita de comer, llora sin calma. No hay consuelo, mejor es subir el volumen del televisor. Una nube de moscas comienza a rodear la cabeza de Mary mientras corta la carne para el guiso. Hay sudor, hay mugre y gritos. Las manos se aceleran con el llanto de su hijo, el calor asciende insoportable del piso de portland, el volumen crece, una violencia ancestral se apodera de la virgen madre. La fiera exige devorar mientras que las cucarachas huyen de ser testigos de la tragedia que está por venir. Guido sigue llorando y el volumen sigue subiendo hasta el máximo hasta que el botón se atasca por el dedo de la fiera que al ser empalagado contrae sus nervios endureciéndolo. Mary se pinta sus labios con las entrañas de la fiera. Ahora hay silencio, su hijo calla y ella se eleva triunfante rodeada de sirenas y parlantes.
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